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Autos y filmes clásicos: una retrospectiva

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Demasiados coches han sido destruidos en innumerables películas de acción para regocijo de Dios sabe qué género de depravados. Y es que la combustión o el desguace de un auto no puede producir a uno más que desesperación y en el mejor de los casos algo de pena a causa de tanto dinero dilapidado en apenas unos minutos. Pero no existen filmes de acción que no pongan a prueba nuestra resistencia para ver autos quemados, destrozados, volcados, violentados, destruidos o impactados y a fuerza de la repetición pareceríamos volvernos inmunes al fenómeno del automóvil destruido.

Crash (1996)

Sin embargo buena parte de la gloria del séptimo arte proviene de su relación con los automóviles y las actividades a las que conducen o invocan. Y es que del mismo modo que podemos hablar de autos desperdiciados en los caminos de ciertos filmes, también podemos recordar películas clásicas con autos clásicos, autos clásicos con películas de segundo orden o metáforas de la velocidad y la carretera en uno y otro sentido. Forman parte de este grupo filmes como Crash de David Cronenberg cuyo despliegue de autos y la violencia del crash ha servido a los profanos para catar el refinamiento al que puede conducirnos la degeneración. El cine —y el cine americano en particular— inventó un género para aprovechar la relación entre la libertad de los personajes, el asfalto y la máquina, la road movie, verdadera metáfora de las grandes carreteras norteamericanas. Entre Thelma y Louise y París-Texas de Wim Wenders existe un hilo que solo puede ser rastreado por quienes disfrutan del extrañamiento y del sentido de cambio.

Grand Prix 1966

Si en 1966, Grand Prix de John Frankenheimer con James Garner en el protagónico planteó las definiciones inherentes al circo de la fórmula uno y ha quedado para la memoria fílmica como el documento básico para examinar ese mundo, Bullitt de 1968 ubicó en nuestros ojos al hombre que se convertiría para siempre en sinónimo de velocidad, riesgo y celuloide: Steve McQueen. Steve en las calles de San Francisco al mando de un Ford Mustang G.T.390 y un Dodge Charger R/T 440 Magnum corrió detrás de la libertad al ritmo de la música de Lalo Schifrin que se consagraría con la música de un filme que más que emblemático es memorablemente siniestro: El Último Tango en París de Bertolucci con Marlon Brando. Peter Yates condujo a Steve por las calles de San Francisco en uno de los policiales más grandes de la historia del séptimo arte y consagró en una persecución de coches la figura del actor de 1.70 centímetros que se engrandecía cuando se acercaba a la pantalla, en plano medio o general y en cuanto ponía las manos en el volante de un coche.

Le Mans 1971

Las 24 horas de Le Mans de 1971 prodigó a Steve otra de sus memorables intervenciones en compañía de la maquinaria que ha hecho del ser humano un espécimen más viril en uno de los circuitos históricos del automovilismo universal: Le Mans. Consagrado ya como un amo de la ruda máquina y las cintas ad hoc, Steve exigió cámaras por doquier para tener una visión íntima, si cabe, del corazón del coche. En el interior del mismo Porsche con el que consigue un octavo puesto Stevie se llevó una de esas cámaras y regaló al mundo la idea de que uno puede acompañar en vivo y en tiempo real a quien conduce la infernal —y genial— máquina de acero.

Tenía que llegar Steven Spielberg para hacer de los autos algo con cualidades metafísicas y siniestras en el filme para televisión El diablo sobre ruedas de 1971. De impecable factura estética y de excitante vértigo en su ejecución, Sean Connery tuvo la misión de transmitir el sentimiento que embarga a un conductor el diálogo con la máquina cuando es perseguido por un camionero bajo un móvil desconocido para los espectadores hasta el último momento.

 

Vanishing Point 1971

Pero la consagración de esta inquietud metafísica ligada a la soledad de la máquina y del corredor de fondo se consuma en el enigmático filme de culto Vanishing Point de 1971, película escrita por mi amado cubano don Guillermo Cabrera Infante tras el disfraz de G. Cain, cual fue su nombre secreto para firmar crítica de cine y guiones para el celuloide. Un tal Richard C. Sarafian condujo esta locura de filme alrededor de la figura de Kowalski que conduce de Colorado a San Francisco, sin razón aparente, he ahí el misterio de la cinta, en menos de 15 horas. La gratuidad del viaje, el encanto de Kowalski y las situaciones casi surreales que pueblan el filme lo convirtieron, sin género de duda, en un film de culto.

Mad Max 1979

En Mad Max de 1979 el futuro después del desastre lleva al policía Mel Gibson a enfrentar una pandilla desenfrenada por el desierto australiano en una suerte de filme que hace de la violencia una presencia casi palpable e ineludible. Si a atracos se refiere, Sam Peckimpah hizo lo suyo en The Chase con Stevie (McQueen) y la bellísima ratona Ali McGraw no menos que el consagrado Walter Hill lo hiciera con Ryan O`Neal en The Driver de 1978.

Al parecer el siglo pasado fue época agraciada para acumular filmes tan encantadores como con aroma a gasolina en el carrete.