La gravedad y las consecuencias de la pandemia se empezó a evidenciar cuando las aerolíneas se detuvieron y los aeropuertos ya no tenían gente en sus andenes, y en las pistas, aviones parqueados sin tripulación.
Cerca de 17.000 aviones se quedaron en tierra entre enero y abril, es decir, casi el 70% de la flota a nivel mundial. Pero no solo se detuvieron los vuelos, sino también los simuladores aéreos, un espacio para mantener las habilidades de los pilotos; este sector mueve alrededor de 4.600 millones de dólares (en 2019) de manera aproximada. Tomando en cuenta este antecedente, la industria de la simulación de vuelos también sufrió un grave impacto, sin embargo, su ingenio les ha permitido salir a flote.
Los técnicos no pueden viajar para instalar un nuevo simulador, la solución es asociarse con una empresa dentro del país; o ante la imposibilidad de desplazamientos, se amplían y mejoran las capacidades de formación a distancia y en línea; a los ingenieros dentro de estas industrias se los ocupa en el diseño de nuevos productos o procedimientos, entre otras acciones inmediatas y emergentes.
Desde el 15 de junio (fecha que varía entre países) el mundo dio luz verde para empezar, de manera paulatina, los viajes y el movimiento de aviones en los cielos, nuevamente. Aquí regresa la importancia de los simuladores de vuelo. Es momento que los tripulantes empiecen un entrenamiento adecuado para regresar a sus funciones. “Para que las operaciones se reinicien, los pilotos tienen que estar listos. Lo que no sólo significa dar brillo a sus Ray-Bans y desempolvar sus chaquetas azul marino”, Paul Sillers, aseguró a CNN. Sin embargo, es muy probable que la industria aeronáutica no adquiera de manera acelerada estos insumos, por la situación económica en la que se encuentran al momento. Se repite el patrón que el mundo debe cumplir: reiventarnos, redescubrirnos y buscar oportunidades.
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